La cultura
Pensarse por fuera de sí mismo, pensarse en comunidad.
En las interminables narrativas de este mundo, de este tiempo y en este presente, a veces no leo. Veo imágenes, sé de qué se trata, sé hacia dónde va, pero no leo. No entro en el detalle de los artículos donde se profundizan lo que piensan, lo que detallan y lo que hacen al respecto. A veces solo elijo leer los títulos. No sé muy bien por qué, pero es el momento donde abandono el “debería”: debería leer más, para estar informada; debería leer más porque soy futura periodista; debería leer más para ampliar mi léxico y vocabulario; debería, debería, debería. Me justifico ante mí con la siguiente premisa:
Lo que más aprendí, no fue únicamente leyendo. Lo que más aprendí, lo aprendí viviendo.
Viven en mi conversaciones y debates infinitos, entre mis ideas, mi mente, mi dios interno y yo. Mi mamá dice que la consciencia es la persona que mira todo eso: no es la mente que habla pragmática en sus racionalismos, no es la ansiedad que busca tener la respuesta de todo, no es la efectividad esa media rara que todos tenemos que nos hace tratar de hacer lo mejor con el menor esfuerzo, ni tampoco es el miedo que no se anima a arriesgar porque asume el resultado catastrófico.
Me encanta la idea de pensar a la conciencia como los monjes que están sentaditos como los indios y en silencio, mirando la cantidad de ideas que se mueven en mi cabeza. Porque solo se mueven allí. Pero tampoco paso demasiado tiempo en silencio, siempre hay algo que hacer: la cama no está tendida, los del trabajo me mandaron un mensaje preguntando algo y tengo que pensar que comer hoy. No tengo tiempo para leer.
En medio del caos de mis ideas y de las tareas por hacer, hay algo más que hace un ruido externo: la narrativa social. Siempre me asombra, nunca sabés que puede salir de ahí. Y, en medio de mi intento de lucha por el control individual, que por cierto creo que es bastante utópico, hay un factor emocional que me conecta con lo que pasa afuera, con lo que nos atraviesa colectivamente. Y eso, es la esencia de la cultura.
Pensando recientemente en ejemplos: Club Atlético Belgrano campeón, el #Niuna menos y la muerte del Indio Solari, tres impactos no directos a mi vida pero que me ponen la piel de gallina. Como si una parte de mi cuerpo fuera parte de todo eso, ¿de mi cuerpo o de mi mente? ¿por qué me reconozco en las vivencias de otro cuando no soy directamente parte? No leo, pero siento. ¿Eso es la cultura? ¿Cuándo las narrativas sociales impactan directamente en mi sensibilidad, en mis ideas y en mi cotidianidad?
¿Qué es la cultura?
Pienso que en el día de hoy no me hubiera sentado a escribir, ni de mí, ni de la cultura sino hubiera pasado demasiados sucesos juntos. Pero estos sucesos, son los que me hacen pensarme por fuera de mí y me recuerdan que vivimos en comunidad. En una sociedad que se aísla mediante la tecnología y que lo único que nos conecta fuera del espacio es el tiempo compartido en este presente. Saber que estamos viviendo esto en un mismo tiempo, como grupo, sea cual sea tu banda favorita de música o tu gusto de helado. Pasamos una pandemia, varios gobiernos y la llegada de pantallas.
“La cultura es una trama de significaciones que el hombre ha tejido y en la cual está suspendido.” Clifford Geertz (1973)
En tiempos de algoritmos que nos dividen en burbujas de consumo, llevándonos a confirmar lo que ya creemos, nos invito a pensarnos en comunidad. En ver al otro, en no dejar de ser consciente de las perspectivas sociales. En compartir y en conectar, dando lugar a tolerar lo que no confirma lo que ya previamente creo.
La filantropía, del griego philos (amor) y anthropos (ser humano), nace mucho antes de donar dinero para causas sociales. Es mucho más regalar la ropa que no usas o llevar un alimento no perecedero de entrada a alguna feria. Esta disciplina aparece del deseo de querer hacer algo bueno en el paso de tu vida por este plano físico. Nos la pasamos creyendo que hay personas que la tienen más fácil que otras, porque miramos a través de pantallas vidas ideales y aesthetics. Cuestionamos lo que el otro hace, nos volvemos haters, olvidando que seguramente hay un colectivo social al que pertenecemos y coincidimos con una persona que demonizamos. Nos olvidamos de la comunidad. Se nos olvida, que al final de la noche, todos necesitamos dormir por igual.
Tal vez en nuestro día a día no podamos cambiar al mundo, pero lo que se nombra es porque existe, en un plano físico o ideal. Lo que nombramos, tiene lugar. Si las narrativas sociales construyen nuestro presente…
¿Qué nos estamos diciendo?

